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sábado, 13 de noviembre de 2010

Introducción a la Dictadura Peronista: La libertad, la igualdad y la democracia: principios esenciales del pueblo argentino

La libertad, la igualdad y la democracia: principios esenciales del pueblo argentino
Tres principios esenciales han dirigido la vida de nuestro pueblo: Los de libertad, igualdad y democracia.
Para los revolucionarios de 1810 la libertad implicaba no sólo la emancipación nacional, sino la individual, en sus fases racial, económica y política. La igualdad significaba la derogación de todos los privilegios hasta entonces existentes y la negación de los que pudieran surgir en el futuro. La democracia, nacida de la libertad y la igualdad, aseguraba el ejercicio de ambas por la voluntad mayoritaria del pueblo.
Para que estos tres principios pudieran ser enunciados e impuestos ha sido menester que el curso de los siglos y en todas las latitudes, millones de seres humanos padecieran la esclavitud, la servidumbre y el despotismo.
Nuestro país nació en la feliz época en que daba fin a tales horrores. Pero tan difícil como es la conquista de la libertad, la igualdad y la democracia, es la conservación de esos bienes inapreciables. Como de su salud orgánica, el hombre debe cuidar de su salud política, y ninguna de ambas puede ser mantenida sin libertad.
Desde 1810 hasta 1829 hizo nuestro pueblo el aprendizaje de la libertad. Tenía la decisión de independizarse del extranjero, pero ignoraba cómo habría de gobernarse. En innúmeros campos de guerra perdió y ganó batallas; las últimas le dieron el triunfo definitivo. Antes de que su suerte se decidiera, comenzaron las luchas civiles. Tenían los argentinos un sentimiento común, pero entre si se ignoraban. Era el país un desierto sin límites, poblado en gran parte por indígenas aguerridos. Muy pocas ciudades y aldeas, separadas por inmensas distancias, daban vaga idea de la civilización. En cada una de ellas ejercía el gobierno quien parecía mejor dotado para defender la comunidad contra los peligros eventuales: en primer término, el del malón autóctono; después, el del caudillo rival. Muy lejos estaba Buenos Aires, la capital del extinguido virreinato, dueña del puerto que comunicaba el país con Europa.
Como era la cuna de la Revolución emancipadora, creíase depositaria de su espíritu, y como había sido la sede del gobierno español, atribuíase el derecho de serlo, también, de la nación recién formada. Desconfiados de tal centralismo, se alzaron contra ella las aisladas poblaciones del interior. Las ideas de la revolución habían llegado a pocos, pero todos tenían el instinto de la libertad. Con éste pelearon unos contra otros, mientras algunos intentaban sin éxito dar forma constitucional al Estado.
De la pavorosa anarquía surgió un hombre fuerte. No creía en los principios de Mayo y detestaba a cuantos sostenían los de la libertad. Fue el primer tirano. Para asentar su poder de señor feudal se valió de las muchedumbres populares. Lo mismo habían hecho otros déspotas de todos los tiempos. Odiaba a los próceres de la emancipación, imbuidos de las doctrinas que en Europa y en América echaron por tierra a los gobiernos absolutos. Calificábase de “restaurador”, y lo era, en efecto, de los dogmas que parecían fenecidos desde 1776 o desde 1789. Dominó por el terror a la provincia de Buenos Aires, y también, por la astucia, al resto del país. A pesar de ello, no logró pacificarlo. Contra él se levantaron, una y otra vez, los amantes de la libertad, a quienes venció cruelmente. Al promediar el siglo pasado, su poder parecía inconmovible, pero poco después el Ejército Grande de Urquiza lo derrotó en caseros.
Entonces reanudó el pueblo su interrumpido aprendizaje. Sabía esta vez lo que era el despotismo sangriento y quería que nunca más se volviera a él. Dictóse así la Constitución Nacional de 1856, inspirada por el dolor padecido, por la sabiduría de la reflexión y por la esperanza de hacer un país de dignidad y de justicia para todos –los de adentro y los de afuera-, hermanados en un común anhelo de confraternidad humana.
Esa Constitución –ha dicho José Nicolás Matienzo- “es, sin duda alguna, la obra de mayor sabiduría política que se ha producido en la República Argentina. Contiene la expresión de todos los principios liberales y republicanos que teóricamente han profesado los hombres eminentes y los partidos políticos desde la revolución de la Independencia, y al mismo tiempo se ajusta a los hechos consumados y a la experiencia adquirida en los tiempos agitados que median de 1810 hasta 1852. En una palabra: combina el ideal con la realidad”.
Aseguró a todos los habitantes del país, ya fueran nativos o extranjeros, los derechos de trabajar y ejercer toda industria lícita; de navegar y comerciar; de peticionar a las autoridades; de entrar, permanecer, transitar y salir del territorio argentino; de publicar sus ideas por la prensa sin censura previa; de usar y disponer de su propiedad, de asociarse con fines útiles; de profesar libremente su culto; de enseñar y aprender. Abolió definitivamente la esclavitud, rechazó las prerrogativas de sangre y nacimiento y proclamó la libertad ante la ley. Estableció que los extranjeros gozan en el territorio de la Nación de todos los derechos civiles del ciudadano. Y para prevenir los excesos del poder dispuso que “el Congreso no puede conceder al Ejecutivo nacional, ni las legislaturas provinciales a los gobernadores de provincia, facultades extraordinarias, ni la suma del poder público, ni otorgarles sumisiones o supremacías, por las que la vida, el honor o las fortunas de los argentinos queden a merced de gobierno o persona alguna”. Era la experiencia de lo ya sufrido y la prevención contra lo que podía repetirse si algún mal argentino quisiera establecer una nueva tiranía.
Durante casi un siglo la Constitución de 1953 sirvió al progreso de nuestro país. En virtud de sus admirables disposiciones se organizó el gobierno y pudo el pueblo hacer el aprendizaje de la democracia.
Hasta las más remotas aldeas del mundo llegó, de una u otra manera, la noticia de que en el extremo sur de América había una tierra de promisión que podía ser patria de todos. Los perseguidos por el odio racial, político o religioso, los humillados y ofendidos, los trabajadores sin posibilidades de elevarse económica y socialmente, los que sólo tenían horizontes cerrados o entenebrecidos, pensaron en ese país generoso que ofrecía sus fértiles tierras al esfuerzo de todos los hombres del universo, respetaba las creencias y aseguraba la justicia.
De las ciudades, pueblos y comarcas interiores de casi todos los países de Europa fueron hacia los puertos quienes deseaban gozar de tan extraordinarios privilegios. Dejaban seres y lugares queridos, acaso pasa no verlos nunca más, ilusionaos con la conquista de bienes que en sus tierras jamás podrían alcanzar. Pertenecían a viejas civilizaciones, pero en muchos casos carecían de educación elemental. Sabían trabajar, sin embargo, eran sufridos y valientes; no temían al ancho mar desconocido que habrían de surcar en frágiles embarcaciones, si a la soledad de las tierras desérticas que los esperaban al término del viaje. Así vinieron millones de hombres y mujeres, y aquí fueron padres de argentinos, muchos de los cuales alcanzaron los más altos rangos del gobierno, de la milicia y de la Iglesia; brillaron en las ciencias, en las letras, en la industria, en el comercio y en la sociedad, porque en parte alguna hallaron trabas y en todas se contribuyó a su éxito en la vida.
Muchos ciudadanos de hoy –descendientes en grandísima parte de esos extranjeros. Poco saben del atraso en que, hace un siglo, vivía nuestro país (1). La guerra de la Independencia, las luchas civiles y la tiranía de Rosas habían impedido su desarrollo de acuerdo con el ímpetu progresista del mundo.
La población apenas superaba el millón de habitantes. Sólo Buenos Aires merecía el nombre de ciudad. En el interior alzábase cinco o seis discretas poblaciones: Córdoba, Santa Fe, Mendoza, Tucumán, Salta, Paraná. Rosario tenía poco más de cuatro mil habitantes. La Plata no existía. Las comunicaciones entre esos centros urbanos eran escasas y muy lentas.
La ganadería, y sobre todo la agricultura, estaban en sus comienzos; lo mismo la minería; las industrias eran incipientes.
Seis años después de la caída de Rosas el progreso era ya manifiesto y se acentuó al restablecerse la unidad nacional. Solo se detuvo por algún tiempo durante la guerra con el Paraguay, pero se reanudó con mayor energía apenas la paz fue firmada. Se realizó la conquista del desierto por la civilización; los indígenas que lo asolaban fueron alejados y comenzó la explotación de las inmensas llanuras.
A partir de 1880 el desarrollo del país fue prodigioso. Las ideas políticas, económicas y sociales expuestas por la ilustre generación de 1837 –la de Echeverría, Alberdi, Sarmiento, Mitre, Vicente Fidel López, Juan María Gutiérrez- hallaron en la siguiente –la de Avellaneda, Roca, Pellegrini, Roque Sáez Peña- sus fervorosos ejecutores. De todo había que enriquecer al país: de bienes materiales, en primer término, porque son los más fáciles de obtener en nuestras tierras fértiles y porque con ellos es más posible el logro de los demás; los de la educación popular, en seguida, porque eso era fundamental para el ejercicio de la democracia y la formación espiritual de nuestro pueblo. Crecieron considerablemente las viejas poblaciones; la pequeña villa de Rosario se convirtió en poquísimos años en la segunda ciudad de la República, se fundó La Plata, creció Bahía Blanca y en todo el territorio nacional surgieron o se desarrollaron nuevos centros: San Fernando, Rio IV, Esperanza, Resistencia, San Rafael, Neuquén y las muchas ciudades de todas las provincias. En ellas y también en los centros más pequeños y apartados, se fundaron escuelas y miles de maestros realizaron el prodigio de exterminar casi por completo el analfabetismo. Se construyeron puentes, diques, caminos, hospitales, museos, y edificios públicos monumentales. Se tendieron vías férreas por todo el territorio, se establecieron nuevas universidades y centros de estudios técnicos, comenzó la explotación del petróleo, se desarrollaron las industrias, creció el comercio y se publicaron algunos de los diarios más importantes del mundo.
Al cumplirse en 1910 el centenario de la Revolución de Mayo el país hizo balance de su actividad; con excepción de los Estados Unidos, ninguna nación de la tierra había progresado tanto en tan poco tiempo. El nombre de la argentina, de singular claridad y hermosura, significaba honor y generosidad, trabajo y justicia, riqueza y progreso. Era entre sus hermanas de Iberoamérica la de porvenir más seguro y daba ejemplo de lo que se debía realizar para emerger al plano de la historia. Estaba en “vida ascendente”, según dijo un gran escritor español. La cantaban los poetas, la estudiaban los economistas, la honraban los gobernantes extranjeros. A sus teatros venían los más célebres artistas del mundo, en sus universidades dictaban clases los profesores más eminentes y en sus tribunas disertaban los políticos más notorios de Europa y América.
En medio de ese optimismo y general euforia señalaron algunos de nuestros compatriotas las facetas vulnerables de nuestro desarrollo. La inmigración caudalosa lo había enriquecido mediante sus capitales y trabajo, pero también descaracterizado un poco. Las instituciones políticas, admirables por su concepción doctrinaria, eran desvirtuadas por prácticas viciosas que privaban al pueblo de su influencia en el gobierno de la Nación. Las crisis periódicas derivaban de eso, hacían reaparecer “el fantasma de las viejas regresiones” e intuir la posibilidad de nuevos despotismos.
Era necesario, por consiguiente, espiritualizar al país y darle conciencia nacional mediante el conocimiento de su historia y de sus ideales de vida. Era preciso, también, corregir para siempre la corruptela electoral practicada sin interrupción por los hombres y partidos adueñados del poder. Y era menester al mismo tiempo, crear el espíritu cívico y patriótico que cuidara el tesoro común de las instituciones liberales y democráticas, establecidas en el siglo de luchas y penas.
La educación alcanzó lo primero, y la reforma electoral del presidente Sáenz Peña, lo segundo. Desgraciadamente, no se pudo lograr lo último. Factores de diversa índole desnaturalizaron después las promisorias realizaciones. La “restauración nacionalista” propiciada antes de 1910, se desvió dos décadas más tarde hacia la xenofobia y el reaccionarismo antidemocrático. La libertad electoral fue burlada por quienes atentaron contra la pureza del sufragio y corrompieron nuevamente las costumbres políticas. Desde entonces se vislumbró la posibilidad de una grave crisis institucional.

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