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viernes, 12 de noviembre de 2010

Introducción a la Dictadura Peronista: La Tradición Nacional

La tradición nacional
Un gran historiador francés, Fustel de Coulanges, ha dicho que “el verdadero patriotismo no es el amor al suelo, sino el amor al pasado y el respeto por las generaciones que nos han precedido”. Es decir, el amor a la tradición nacional.
En los países viejos la tradición vive en cada hombre y en cada familia. En las aldeas y ciudades de Europa y Asia, infinidad de monumentos, templos, palacios, puentes, caminos –perfectamente conservados, algunos, otros, en ruinas-, cuya existencia data de muchos siglos, dice a las sucesivas generaciones de cómo se pensó y se lucho a través de los tiempos, cuáles fueron sus grandes hombres, cuáles las ideas políticas y sociales de cada época, cuáles sus costumbres y modos de vida. La historia está en ellos tanto o más que en los libros; es historia viva, subsistente en la piedra, el bronce y el mármol. Pero no está solamente ahí. Está también en millares de casas modestas, diseminadas en campos y poblados, donde han nacido, existido y muerto varias generaciones de una misma familia que, de uno u otro modo, se han mezclado a los grandes acontecimientos de la historia nacional. Frente a esas casas han pasado los ejércitos alistados para la lucha contra el enemigo, y a ellos se incorporaron los jóvenes que vivían entre sus muros. En esas casas se celebró el éxito de muchas contiendas y se padeció la derrota en algunas. Se lloró la muerte de los seres queridos, se sufrió por su ausencia, se rezó por sus almas. De sus paredes suelen colgar retratos, condecoraciones, insignias militares; en sus armarios subsisten, descoloridos y rotos, viejos uniformes, y en los cajones quedan las cartas que se escribieron entre una y otra batalla o pocas horas antes de la que sería la última.
¿Qué familia de esas viejas naciones no tiene un héroe que ha luchado o caído en alguna guerra? ¿En cuál de las españolas, por ejemplo, no hay alguno que haya peleado hace más de siglo y medio contra la invasión napoleónica o en las guerras carlistas, en la de Cuba, en la de África o en la guerra civil más reciente? ¿En cuál hogar francés no existe alguien que combatiera en los ejércitos del Imperio, o se mezclara a las revoluciones de 1830 y 1848 o luchara en la guerra de 1870 y, sobre todo, en las dos guerras mundiales? Lo mismo puede decirse de los hombres de otras naciones; de Alemania, Italia, Gran Bretaña, etcétera, como de las más lejanas de Oriente y de algunas de América.
En los países nuevos y pacíficos, esa historia viva apenas existe. Poquísimos monumentos recuerdan el pasado y muy escasas son las familias que pueden nombrar a alguno de su sangre que hayan combatido en las guerras de la independencia o en las contiendas internacionales. El pasado es apenas conocido. Vagas noticias se tienen de él por las sumarias lecciones de escuela, atiborradas muchas veces de detalles innecesarios y carentes por lo general de nociones fundamentales.
Una nación, ha expresado Renan, es una familia espiritual, no un grupo determinado por la configuración del suelo. “Dos cosas que en realidad son una sola, constituyen esta alma, este principio espiritual. Una está en el pasado, otra en el presente; una es la posesión en común de un rico legado de recuerdos, otra es la convención actual, el deseo de vivir juntos, la voluntad de mantener el valor de la herencia recibida. Una nación es, por consiguiente, una gran solidaridad constituida por el sentimiento de los sacrificios que se han hecho y que se está dispuesto a realizar.”
Cuanto menos rico es el legado de tradiciones, más grande es el deber de conocerlo, cuidarlo y acrecentarlo. Si se lo desdeña o menoscaba; si se desconocen los sacrificios efectuados para dar forma a la nación y alma a su pueblo; si la solidaridad es reemplazada por el rencor o por el odio, estimulados por la inconsciencia, la mentira o la ignorancia, o por todas ellas a un propio tiempo, se preparan las grandes catástrofes y desventuras.
Es criminal, por consiguiente, echar sombras sobre el pretérito, y más aún cuando de sus hechos ha nacido y crecido un pueblo vigoroso.
Así aconteció en la Argentina con la reciente dictadura. Denigró nuestro pasado histórico que, con sus luces y sus sombras, es honor de un pueblo libre y consciente de su destino. Durante su transcurso se hizo nuestra nación, se organizaron sus instituciones fundamentales, se dictaron sus leyes, se poblaron sus campos desiertos, se levantaron sus ciudades, se establecieron sus industrias y se formó la sociedad con la mezcla de lo nativo y lo adventicio, consubstanciados en un común deseo de alcanzar, unidos en pacífica convivencia, la máxima felicidad colectiva. Esa obra extraordinaria, ese prodigio que a todos nos enorgullece y ha merecido el hondo respeto del mundo por la Nación Argentina, no es obra del azar sino del pensamiento de sus grandes hombres y de quienes aquí vivieron al amparo de ese pensamiento.

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