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jueves, 25 de noviembre de 2010

Introducción a la Dictadura Peronista: Infiltración de las ideas antidemocráticas

Infiltración de las ideas antidemocráticas


La primera guerra mundial, que dejó vencidas o maltrechas a varias grandes naciones, y a otras cerca del caos, produjo en algunas –por desesperación, resentimiento, deseo de orden, ansia de recuperación política y económica- un estado espiritual propicio a los gobiernos fuertes, ejercidos por hábiles conductores de masas.
Las grandes democracias habían triunfado en los campos de batalla, pero sus vencidos –las democracias incipientes- juzgaban que no podrían restablecer su poderío sino por medios nuevos, que fortalecieron al Estado en detrimento del individuo. Harto sabido es que la debilísima democracia italiana fue la primera en ser arrollada por los grupos de acción, dirigidos por un violento ex socialista (1) que había sentido el influjo del nacionalismo doctrinario de unos cuantos intelectuales, y también es sabido que, a su ejemplo, otro energúmeno hizo lo propio en Alemania (2).
En corto tiempo el fascismo y el nacionalsocialismo alemán no solo convirtieron a las dos naciones vencidas en potencias de primera magnitud, sino que trasmitieron sus ideas a todas las democracias débiles del mundo la nuestra entre ellas.
El fraude electoral, realizado entre nosotros sin interrupción alguna hasta la sanción de la ley Sáenz Peña, permitió la formación de gobiernos ilustrados y progresistas, pero retardó imprudentemente la preparación del pueblo para el ejercicio de su soberanía. Cuando se dijo: “Quiera votar”, lo hizo con entusiasmo y buena fe a favor de partidos a los cuales el fraude había privado hasta entonces del gobierno y también por algunos que en él se habían gastado y corrompido. A los más importantes de ellos correspondía principalmente la misión extraordinaria de vigorizar nuestra democracia y acelerar el desarrollo del país.
En tales circunstancias, comenzaron a germinar, poco antes de 1930, las ideas que tres lustros después prepararían la dictadura. La democracia en general, y la nuestra en particular, fue atacada por todos sus flancos. Atribuíase a se sentencia los errores, omisiones y culpas de los gobernantes surgidos de ella. Después, a semejanza de los “grupos de combate” formados en Italia y Alemania para la acción violenta, se organizaron en la Argentina los que llegado el momento, debían hacer lo propio (3).
En la revolución, o como quiera llamarse a la revuelta militar y alzamiento cívico del 6 de septiembre de 1930, estuvieron mezclados diversos elementos. Uno de ellos, y sin duda el principal, fue el disconformismo producido por un gobierno inoperante; otro fue el propósito de algunos sectores de incorporar a nuestra organización política instituciones, prácticas y modalidades del totalitarismo. Como no logró el gobierno surgido de esa revolución imponer una reforma constitucional, recurrió al viejo expediente del fraude, que sus sucesores mantuvieron hasta que un nuevo movimiento militar, el del 4 de junio de 1943, los arrojó del poder.
Había crecido entretanto, la fuerza de los países totalitarios, y sobre todo la de Alemania, que en 1939 desencadenó la segunda guerra mundial. Sus primeros triunfos militares, como el de la arrolladora invasión de Francia, dieron a muchos la certidumbre de que las democracias serían sometidas y que por “un milenio”, como decía el führer teutón, Alemania y su régimen nacionalsocialista dominarían en el mundo. Su propaganda espectacular y sus servicios secretos intentaron reducir las defensas de sus enemigos y, a la vez, volcar en su favor a las naciones neutrales. Explotaron para ello los resentimientos, justificados o no, que cada una de éstas podía tener hacia tales adversarios. En lo que a la Argentina respecta se aprovechó de la ocupación británica de las Malvinas, invariablemente denunciada como ilegal por todos los gobiernos de nuestro país y por los estudiosos de su historia. Pero que en esa ocasión agitó por ajenas influencias a vastos sectores del pueblo. Lo mismo se hizo con la exacerbación del sentimiento nacionalista, legítimo en cuanto afirma el ser de la nación, pero absurdo si se convierte en recelosa manía persecutoria.


NOTAS:
(1) (nota del trascriptor) Benito Musolini.
(2) (nota del trascriptor) Adolfo Hitler.
(3) (nota del trascriptor) Los “pone bombas” radicales, socialistas y anarquistas. Quienes eligieron ese camino para llegar al poder y al adoptar este sistema, generaron violencia y posturas antidemocráticas y totalitarias con su accionar. Fue la inteligencia de Roque Sáenz Peña –con la ley del voto- quien los incluyo dentro del sistema democrático al menos a gran mayoría de los dos primeros grupos.

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